… y me dijo preciosa

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Me puse cuatro ruedas

y un acompañante.

Arranqué,

y manejé por la ciudad de lego.

Todo se construye

todo es maquinaria

un bloque sobre otro,

el polvo

el ruido

los carros

las figuras humanas.

Cascos

taladros

señales.

En la ciudad de lego todo se construye

y – casi como accesorios -

van y vienen las figuras humanas.

Yo seguía entre los bloques,

entre las torres,

entre las pistas,

con mis cuatro ruedas puestas…

cuando vi a alguien.

No era una figura humana.

Era un humano de verdad.

Pero en vez de tener puestas cuatro ruedas

tenía dos.

En vez de tener un acompañante

iba solo.

En vez de tener dos ojos

tenía uno.

En vez de tener dos huecos en la cara

tenía tres.

Busqué unas monedas

y

mirándolo a su ojo

le dije a su cara quemada

mientras le sonreía:

“que tenga muy buen día”

y él

mirándome a los ojos

mientras me sonreía

me dijo:

“muchas gracias,

preciosa”.

Por Michelle Lorena Hardy

Poema sencillo

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Me gusta mi casa, me gusta mi hogar.

Tiene una princesa,

un pirata,

una gata

y una pareja enamorada.

Desde el piso veintitantos veo el mundo.

Diminutos son los carros,

enormes son las torres.

De noche, las luces inventan un paisaje nuevo.

De día, es un mapa tridimensional.

Me gusta el amor,  mi casa, mi vida,

me gusto yo.

Me gusto yo,

envuelta por mi vida, por mi casa, por el amor.

 

Por Michelle Lorena Hardy – Rayosdecolores.com

El mundo de los sopladores de burbujas

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¿Cómo sería el mundo con sopladores de burbujas?

Los sopladores dirían en su trabajo:

“voy a salir un momento a echarme una burbuja”

y entonces todos en la oficina dirían

(disimuladamente, como para que el jefe no los oyese) : “yo también”

y los que no habían traído burbujas, no se sentirían segregados,

pues los sopladores duros, siempre querrían compañía.

Y cuando los peatones caminaran por las aceras, apurados,

sonreirían al ver las burbujas de los trabajadores que se habían reunido,

una vez más, a compartir los chismes de oficina.

Y cuando un grupo de personas llegara a un restaurant, le preguntarían:

“¿ Zona de sopladores o no sopladores?”

(Porque, por supuesto,

siempre habrá personas que no agradezcan

que se les explote una burbuja encima de su filet mignon).

Y  se compartirían historias:

“la primera vez que soplé una burbuja dentro de la casa, mi mamá no se enteró.

A ella no le gustaba eso de las burbujas.

Le parecía una pérdida de tiempo” .

O  la de los papás modernos:

“a mis papás no les importaba que sopláramos burbujas dentro de la casa.

Decían que era mejor que lo hiciéramos allí,

donde podían vernos, y no en otra parte”.

Y habría zonas especiales para sopladores en los aeropuertos,

que deleitarían a los no sopladores, que, estresados,

encontrarían un sitio relajado en donde posar la vista.

Y habría discusiones sobre los pros y contras de soplar burbujas:

“tanto tiempo malgastado, sin oficio, cuando se podría estar trabajando, siendo productivo”

o más bien,

“soplar burbujas es mejor que el yoga y la meditación”

y los seminarios de especialistas harían que la gente viajase kilómetros y kilómetros

para así encontrarse con otros colegas que estuvieran de acuerdo con ellos.

Y habría polémica por las leyes anti burbujas en el trabajo,

y  se discutiría sobre éstas  en las Asambleas de Directores, y en el Congreso.

Y cuando una mujer embarazada, se encontrase con un soplador en plena burbujeadera,

ella le diría gentilmente: “Gracias por hacer que este peso sea más liviano”

Y los viejitos, ex sopladores acérrimos,

aquellos que ya no pudieran hacer grandes burbujas,

le pedirían ayuda a las nuevas generaciones , y juntos,

podrían hacer burbujas llenas de futuro.

Y las burbujas volarían y volarían

hasta que un día,

un ser de otro planeta nos descubriría

solamente por culpa de ellas …

y escribiría en su bitácora:

“hoy encontré un planeta siguiendo unas burbujas”.

El regalo de la pausa

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Un control remoto

con una sola tecla

que diga stop.

Una varita mágica

que paraliza.

Un no hacer nada …

 

… y que cuando estemos juntos

solo vea tu sonrisa

tu pestañear

y los movimientos

- casi imperceptibles -

de tu boca.

Vivir sobre rocas

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Tengo un castillo de rocas

construido sobre arena.

Voy a quitarle sus columnas,

transformarlas ;

 van a convertirse en  suelo.

Se veían bonitas, esas rocas …

allá arriba,

 visibles como una bandera.

Pero no,

ése no era su lugar.

Ahora están enterradas

donde casi  nadie las vea

y quizá

solo sea yo

quien sepa  su existencia.

 Ya comienzo a vivir sobre rocas

ya estoy dejando la arena .

El gigante

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Yo no creía en monstruos,

pero un día

me acosté a dormir

en mi cuarto

en mi cama;

y en medio de la noche

llegó un gigante.

Con sus manotas

sujetó mi casa

y la sacudió sin piedad.

Quería sacarla  de sus bases,

quería llevársela a otra parte.

Como no pudo,

explotó su rabia

y arremetió

con violencia aún mayor.

Nosotros,

liliputenses,

habitantes del objeto de sus deseos

nos acordamos de nuestros Dios

y comenzamos a rezarle.

Pero pronto nos dimos cuenta

que ni siquiera Dios

podía contra el gran gigante.

Así que,

de lo más profundo  de nuestro diminuto  ser

salió una fuerza enorme

que gritaba, enardecida :

¡Te amo, los amo!

Nada más.

El gigante desistió

( no sé si por casancio

no sé si por desesperación )

… y decidió irse

ojalá, al País de Nunca Jamás

Pero ahora sé que los monstruos existen

y que

MÍO

es este minuto,

este minuto

y nada más.

¡ Feliz navidad desde Chile !

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Hoy  estoy selectiva

y quiero desear feliz navidad

solo a las personas que me quieren…

aún sabiendo que soy buena

pero que también soy mala,

que soy amable

pero también desagrable,

que puedo ser todo

y puedo ser nada,

que soy  monstruo

y también princesa.

A todos ustedes que me quieren

“Just as I am”

les quiero decir,

sencillamente,

que los amo